Rafael Sanzio y el clasicismo por Carmen Montero

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Quien contempla a un verdadero amigo contempla un retrato de sí mismo.(Cicerón)     

Junto a cuadros de la envergadura de Salomé con la cabeza de San Juan Bautista, de Tiziano; Descanso en la huída a Egipto, de Caravaggio; Susana y los viejos ,de Carracci y, por supuesto, el famoso y tropo vero, Inocencio X, de Velázquez, convive otro de pequeñas dimensiones, 75 cm de alto por 107 de ancho, pintado al óleo sobre lienzo, conformado bajo la factura de Rafael Sanzio en 1516, Doble retrato de dos amigos.

Lo contemplan durante tres siglos las paredes romanas del Palacio Doria Pamphili, residencia partícular de los descendientes de Inocencio X, aún incluso hoy día, al tiempo que lugar privilegiado de exposiciones artísticas, fundamentalmente de los siglos XVI y XVII.

Andrea Navagero y Agostino Beazzano son los nombres de los dos amigos. Rafael captura en el lienzo un instante en el transcurrir cotidiano de sus acciones: la respuesta dada al artista de Urbino cuando éste requiere de aquellos su atención. Los cuerpos de Navagero y Beazzano se giran y, en sus actitudes, comportamiento y, sobre todo, en sus miradas, advertimos dos deliciosos momentos, la conjugación y confluencia de dos tiempos entrelazados.

Por una parte, el tiempo de la inmediatez cálida y despreocupada de su reacción, enmarcada  en el presente de los tres, pareja de amigos y pintor, que se contemplan entre sí, presente que ya es eterno gracias a la maestría de Rafael .

 De otro lado, de esas mismas miradas, principio de todo conocimiento físico y espiritual, deducimos los espectadores cómo es el alma de los retratados;  la humanidad con que afrontan la existencia del ser humano ; sus reflexiones sobre la cultura y hasta casi parece que podemos percibir el propio tema de la conversación mantenida antes de ser sorprendidos (¿el ideal de belleza platónico que Navagero  quería introducir  en la literatura española?). Tiempo, pues, retrospectivo y anímico, propio de humanistas.

En efecto, en el mundo antropocéntrico del Renacimiento, un humanista debía realizar un giro retrospectivo hacia la Antigüedad, para comprender, asumir e imitar el pensamiento clásico, modelo de vida pleno en dinamismo y actualidad.

De ahí que, de acuerdo con la moda del tiempo, muy vivencial, el escritor y bibliotecario de la República Serenísima, Navagero; el poeta y caballero Beazzano; el pintor y poeta, Rafael Sanzio, hicieran suyas las enseñanzas del orador  Cicerón(106 a C-43 a C), muy especialmente las impartidas en su famoso diálogo De amicitia (De la amistad).Cada uno de estos tres magníficos artistas del Cinquecento sabrá dar respuesta adecuada al entramado ideológico ciceroniano en materia amorosa según su sentir estético, pictórico o poético.

En De amicitia, el político latino procura presentar directamente a sus personajes evitando, en la medida de lo posible, introducir sus voces a través de verbos como “dijo”, “afirmó” que supeditan la figuras de los interlocutores a un presentador o tercera persona narrativa.

De igual modo obra Rafael: llama a sus amigos para que nos muestren directamente, desde la improvisación de lo inesperado, sus corazones,  la espontaneidad de sus  reflexiones. Sin intermediarios. O sin más intermediario, eso sí, éste de honor, que la propia mirada y óptica realista con que Rafael nos regala para observarlos y descubrir que ellos también dialogaban, género muy practicado en el Renacimiento, seguramente con el afán de descubrir  la verdad surgida del intercambio de sus impresiones.

 Esa búsqueda aún no concluida en el momento del fogonazo del cuadro, quizá esté bien asentada en la cara oculta que no nos desvela Navagero ya que permanece todavía sumida en las tinieblas. El artista de Urbino parece teñir de pardos y negros el fondo de su obra para resaltar al hombre y facilitar a los destinatarios el recorrido del camino hacia su introspección. Ahí, sugerimos, radica el idealismo que aporta el pintor a sus figuras.

Para  Marco Tulio Cicerón, la amistad, el mayor bien del hombre junto a la sabiduría, debe sustentarse en la  virtud (virtus) y destacar por encima de ningún otro valor la fidelidad (fides), probitas (probidad) y constancia (constantia)

Encontramos dichas cualidades en el vis à vis, -término francés que se refiere al asiento que mantiene a los interlocutores cara a cara-, en que Andrea y Agostino mantienen su conversación melodiosa, sin estridencias, equilibrada y profunda. La honradez y la fidelidad hacia un amigo habitan también en la postura, en el decoro corporal, en la expresión abierta y libre que debieron dirigirse mutuamente, uno al otro, los dos humanistas, según la disposición espacial que determina el vis a vis.

 Así lo delata también el volver a la realidad con que retrata Sanzio los rostros; el calor amistoso que desprende el círculo que dibujan sus brazos prácticamente unidos  acogiéndose como en una sola persona:

Quien contempla a un verdadero amigo contempla un retrato de sí mismo.                    (De amicitia)

Los amigos, los tres humanistas, son los hombres buenos (boni viri) de la República ciceroniana: hombres virtuosos que, elegidos por el pueblo, se caracterizan por las virtudes con las que ejercen el poder: pensemos de nuevo en Rafael y su también íntima amistad con Baltasar de Castiglione.

El político y orador latino quiere hacer extensivo este concepto a todos los hombres iguales, sea cual sea su condición. Entre ellos triunfará siempre la amistad. Sanzio, Navagero y Beazzano son iguales respecto de su intelectualidad, condición social, profesón, pero, como desearía fervientemente Cicerón, destacan y brillan respecto de la nobleza de sus sentimientos, virtud que, añadida al bello cuadro renacentista, aporta una nota característica del retrato moral de la época.

En la exposición llevada a cabo en el Museo del Prado el año 2008 sobre El retrato en el Renacimiento, su comisario, Miguel Falomir, se refiere, en su vídeo de presentación al evento, a las dimensiones reducidas de los cuadros denominados de devoción. Bien podíamos afirmar que el Retrato de dos amigos de Rafael Sanzio, también pequeño en tamaño, como afirmamos al comienzo de la exposición, podría ser considerado como cuadro de devoción a la amistad.

                                                               Carmen Montero

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