“La vista de Deft” Vermeer

El silencio y el tiempo en “La vista de Delft”       (A Rosa Nardiz)

 Si nos asomamos al cuadro “La vista de Delft” (1661), situados, como el pintor de tan bella composición pictórica, desde el mirador meridional, observamos que el conjunto de la vista parcial norte de esta ciudad está presidida por un hondo silencio.

El cúmulo negro que surge amenazante, pero ya, transcurrida la tormenta, inmóvil,  en la parte superior del cuadro, transmite su tonalidad gris y callada a la piedra de los edificios de Delft así como a las aguas de sus canales. Tanto, que la claridad de la porción de cielo que empieza a abrir,  está silenciando el sol. Estamos ante la maestría de la luminosidad propia y exclusiva de Vermeer (1632-1675).

La ausencia de movimiento, que tiñe también la obra, retrata la realidad de una mañana de domingo, a las 07h 10min, según el reloj  de la puerta de Schiedman, en el puerto fluvial. En efecto, las barcazas están atracadas; mástiles y vergas descansan desnudos de velas;  la ciudad parece dormir en la quietud de sus propios reflejos oscuros en los canales.

 Nadie atraviesa el puente central (Capels) que separa la Vieja Iglesia (Oude Kerk; centro) donde fue bautizado el artista, de la Nueva Iglesia(Nieuwe Kerk; derecha)donde está enterrado Guillermo de Orange (1584). Ambas,  incluso en festivo, testigos mudos del paisaje.

Nadie atraviesa la Puerta de Schiedam ni la de Roterdam, a las cuales se arriman los barcos y cargueros guardando, celosos, sus secretos de navegación. Y hasta, diríamos, parecen congelarse las palabras que se dirigen los dos grupúsculos de campesinos que conversan junto al canal, tras descender, quizá, de la nave que los  transportara desde otra ciudad holandesa.

Y la ausencia de dinamismo y su consecuente silencio también se acentúa, por pasmoso contraste, con el ajetreo del día a día que hubo de ser la realidad.  Vermeer no ha escogido describir un paisaje de género que muestre el palpitar de las arterias fluviales  por donde circulaba, en eclosión, una burguesía recién estrenada, segura de sí misma, emprendedora  en el mundo del comercio y muy aventurera.

Nos llama poderosamente la atención que en esta vista de la ciudad no se refleje una Delft en ebullición, viva, al ritmo de aglomeraciones, sonidos, estruendos, campanas al vuelo, voces que comercian al son de subastas u ofrecen mercancías recién llegadas de Asia, por ejemplo.

Es el caso de la porcelana china, que inspiró la azul de Delft, que el artista conoció y valoró como tantos otros objetos que fueron protagonistas de hogares y pinturas holandesas. Cuando Vermeer pinta “La vista”, las fábricas de cerámica de Delft se hallan en su máximo esplendor nutridas de muchos alfareros que huyeron de Amberes a causa de la persecución de los españoles.

Nos llama la atención, de nuevo, que esas embarcaciones no muestren la captura de arenques en el Mar del Norte, adonde bajaban del Ártico esas especies debido a la Edad de Hielo europea (1550-1700) . Tampoco  se inician, ya desde el mismo dique, como era habitual, los intercambios pactados por las distintas compañías marítimas, como la Compañía de las Indias Orientales (izquierda de la imagen; tejado negro) que llevó a embarcar a la juventud en busca de un futuro desconocido y muy atractivo.

Que no trabajen siervos, marineros y obreros en el astillero, situado en las proximidades de la Puerta de Rotterdam. Que no se den muestras del llamado capitalismo corporativo que generó el comercio e intercambio de tantas mercancías, productos exóticos, materias primas que enriquecieron sobremanera Holanda, alcanzando su apogeo en 1667. Imaginamos, a partir del cuadro de Vermeer, cómo este aguardaría en el puerto la llegada de sustancias y pigmentos para aplicar en sus cuadros como es el caso del lapislázuli, estudiado recientemente por el Museo Mauritshuis de La Haya y que provenía del actual Afganistán.

No escoge tampoco Vermeer para su lienzo el costumbrismo de la actividad desenfrenada de los gremios de artesanos, de uno de los cuales, el de San Lucas, fue presidente el pintor.  No existen otras referencias biográficas que pudieran ilustrar el arraigo y querencia del artista holandés por sus barrios: la posada del padre, la casa de su suegra, la Gran Plaza del Mercado.

Incluso,  a mayor escala, no contemplamos la estridencia ni los ruidos, ni siquiera los ecos de la rebelión protestante de las diecisiete Provincias Unidas contra los Habsburgo, sublevación gestada a partir de mediados del s XVI (1568-1648). Las Antigua y Nueva iglesias, nacidas para el culto católico, atestiguaron el ataque de los iconoclastas a sus imágenes y vitrales.

 Sin embargo, sí hallamos el mapa de las Provincias Unidas en el cuadro “Pintor en su trabajo”.  En 1581, la Unión de Utrecht declaró la independencia de Holanda pese a que no se reconoció oficialmente hasta la paz de Westfalia (1648).

La ciudad de Delft de Vermeer acoge  un instante del tiempo, una mañana de domingo a las 07.10h, que permanece para una eternidad en la retina del espectador que la escudriña con afán y con el magnetismo mágico que le transmite. Un tiempo cronológico, valga la redundancia, el instante, que provoca otro tiempo, el psicológico, la eternidad. Marcel Proust, gran admirador de este lienzo, quizá expresaría hoy tal dicotomía.

Delft , sujeto colectivo, se sustrae de la historia de los acontecimientos, que permanecen latentes,  para reconcentrarse en sí misma como lo hace “Mujer leyendo junto a la ventana” o la protagonista de “La carta” o  de “El collar de perlas”, sujetos individuales.

Bibliografía consultada: La obra pictórica completa de Vermeer. Editorial Noguer.

                                               El sombrero de Vermeer, Timothy Brook. Tusquets.

                                                                                                                                              Carmen Montero

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